A dormir, ya son las seis
Publicado el miércoles, 25 de marzo de 2009 @ por Unknown
¿Son ideas mías? ¿Es sólamente en mi pequeño universo de Candelaria, o es más extendida en Caracas, en el país quizá, la tendencia a cerrar los negocios cada vez más temprano? ¿A recogerse con los primeros signos de nocturnidad, que gracias al cambio de huso horario reciente llegan ahora media hora antes?
El lunes fui al gimnasio a mi hora habitual, un poco antes de las 7 de la noche, para salir casi a las 9, que es cuando cierran. El sitio queda dentro de un mini centro comercial, uno de estos lobbys de conjunto residencial con pasillos de comercio tan a la moda hace unos pocos años. McDonald's, Burger King y Arturo's en las respectivas entradas, para dar una idea del relativo tamaño del centro comercial (y para dar una idea del reto en que pusieron los dueños del gimnasio a sus socios: negarás tres veces al entrar o salir de acá).
Pues bien. Cuando pasan las 8:30 pm, ya los empleados comienzan a bajar las rejas del gimnasio, cosa de cerrar más rápidamente cuando éste se vacíe. Lo mismo hacen en los negocios vecinos. Pero desde este lunes, ya observé que a las 8 comienza el ruido de santamarías. Y fuera del gimnasio, todos han cerrado ya. La fuente de soda del frente (corrijo: negarás cuatro veces) ya apiló sus sillas y dejó de hacer café desde antes de las 8. Los vigilantes ya impiden el paso por el centro comercial (un atajo hacia el Metro para muchísima gente) con un cordón que tengo que torear o brincar cuando salgo del entrenamiento, por la puerta donde el McDonald's ya atiende con la santamaría casi completamente cerrada a sus últimos compradores, de quienes sólo veo los tobillos...
Fuera del conjunto residencial/comercial no es distinto. La zona que en el día bulle de gente, pues está sembrada de torres bancarias y edificios de oficinas, es una boca de lobo. Una panadería valiente por allá despacha las últimas vituallas de emergencia, unos taxis en la esquina acosan a gritos a los transeúntes ofreciendo el servicio que ya las motos no prestan "tan tarde" (al menos esa es una ausencia que mis oídos agradecen), pero de resto, puras rejas cerradas, en calles por lo demás poco iluminadas, son lo que veo en las tres cuadras hasta mi casa.
Como si viviera en un pueblo recóndito y fueran las dos de la madrugada. ¡Pero aún no son las 9 de la noche y vivo en plena avenida Urdaneta! En el centro de la capital. ¿Qué puedo conseguir si salgo a esa hora a comer o "pasear"?
Taxis y areperas.
Se diría que la zona no es la más apropiada para que los comercios se queden abiertos hasta tarde. Pero exceptuando algún megacentro comercial como Sambil en el este (y el de Candelaria aún se construye; que abra ya será otro cuento, a ver si eleva el promedio de horario de servicio por acá), que yo sepa son pocos los negocios que en Caracas atienden al público más allá de unas pacatas 7:30 pm. ¡Qué digo, si la mitad de ellos ya están cerrados a las 6 pm!
¿Quedarse viendo libros hasta las 9 de la noche y luego agarrar un taxi a casa? Será turisteando en Bogotá, pero no aquí. ¿Comerse una pizza a las 11:30 pm en el restaurant de la esquina y seguir charlando frente a un par de humeantes tazas de espresso, rodeado de mesas llenas de gente, pero no taxistas trasnochados o vigilantes sino señoras como aquellas dos que conversan como si fuera mediodía pero son las 2 am? Sí. Pero en Buenos Aires, no en Caracas.
"Esta ciudad es como... madura, adulta", dije en aquella oportunidad asombrado de que la capital argentina estuviese tan activa a cualquier hora (y ni siquiera hablo de las megalópolis del primer mundo). Eso nos deja con una Caracas... ¿Qué? ¿Niña de pecho ajena a las costumbres decadentes adultas, adolescente tímida y con madre sobreprotectora, vieja gazmoña encerrada en su vetusta casona?
Ese futuro nos alcanzó
Publicado el viernes, 10 de agosto de 2007 @ por Unknown
¿Recuerdan esas películas y series de televisión ambientadas en el futuro, de oscuro tinte post-apocalíptico, en las que la tecnología es tan avanzada que puede verse en los recónditos callejones y covachas de los rebeldes —siempre hay rebeldes— aparatos despanzurrados, restos de inentendible complejidad, basura con cablecitos y bombillitos?
Casi siempre el protagonista podía echar un ojo durante un apuro y, recogiendo aquí y armando allá, podía poner a funcionar una combinación de esas partes desechadas, creando bien sea el arma que lo defendería de quien le estaba persiguiendo, o el transmisor que comunicaría a sus salvadores su ubicación precisa, o la parte electrónica que hacía falta para que la nave interplanetaria accidentada recuperara la chispa suficiente para el arranque hacia la salvación.
¿Hemos llegado a esa fase de la civilización? Hombre, tanto así no, pero vamos por buen camino. Al menos por mi casa, ya es posible tropezarse cada mañana, entre las pilas de ropa vieja (crisálidas de habitantes callejeros), olorosas bolsas de restos orgánicos y demás, equipos computacionales, de oficina, de música y otros en diversos estados de obsolescencia, conservación e integridad. Computadoras y sus abandonados diskettes, huérfanas impresoras, amarillentos teclados; cadáveres descuartizados de lavadoras y cocinas; motores de todo tamaño y uso, y sus partes; misteriosos circuitos integrados de coloridos cables.
Aún no me he encontrado a ningún experto agachado armando un walkie-talkie de las diversas piezas; más bien, de hecho, cuando alguien interactúa con ellas está despedazándolas a golpes contra el suelo para extraerle secretos, chispas de vida, o cobre para reciclar. Pero algo es algo. Sueño despertar un día y ya no necesitar ir a una tienda a por repuestos para los equipos de casa. Revolver un rato la basura será la solución.