Gota a gota

Lo que sigue dormía en un lugar de mi disco duro hasta hace unos días en que hacía revisión de rutina, borrando y guardando. Debe tener un par de años, pero lo leo ahora y podría ser una reflexión de ayer por la mañana. Lamentablemente.

Qué fácilmente parece uno acostumbrarse a las cosas, las buenas y las malas. Basta con que el cambio hacia ellas se vaya dando de a poco, gradualmente.
Por ejemplo, la posibilidad de reservar las entradas para una función de cine nunca me había merecido un segundo pensamiento, a pesar de que desde siempre había tenido que enfrentar el molesto ritual de llegar mucho tiempo antes de la función, amarrarme en una cola hasta que abrieran la taquilla faltando sólo diez minutos para la proyección, y luego ligar que no se agotaran los tickets antes de alcanzar la ventanita de la mal encarada vendedora. Hoy en día simplemente me parece una imprudencia total no haber reservado puestos por teléfono antes de salir de casa —y en el caso de grandes estrenos, me parece que estoy en otro país cuando una semana antes ya sé qué día y a qué hora me esperan en qué sala— y me pregunto cómo podía antes vivir sin esa facilidad. Se trata de un pequeño cambio que, junto a otros nacidos de la competencia entre prestadores de servicios y de la exigencia de sus usuarios, quizá podría llevarnos algún día a un idílico escenario donde la atención sea importante, el servicio se tome en serio, la gente se respete.
Por el lado negativo, también los cambios se cuelan con una tremenda facilidad, debida tal vez a que son tan graduales que no parecen merecer reacciones o reclamos, hasta que se completa el proceso y entonces uno dice, carajo, cómo llegamos a esto.
Todavía recuerdo la primera vez que ví a alguien escarbar en una bolsa de basura buscando comida: frente a un local de comida rápida, en un bulevar de Sabana Grande que, aun cuando ya comenzaba a envilecerse, todavía permitía que uno estirara los brazos a su alrededor sin tropezar un tarantín o golpear a alguien. Me parece que busqué a mi alrededor con la vista a los enfermeros que recogerían al loco que regaba ante mi vista envases de cartón y huesos de pollo; creo que otras personas lo observaban conmigo, o tal vez proyecto ahora en los demás mi propia incomodidad de entonces, tan pequeña que no llegaba a asombro. Hoy, cuando es tan común la práctica que los restaurantes separan los restos comestibles de otros desperdicios "para que no hagan un reguero rompiendo bolsas", cuando los colectores del aseo tienen que esquivar cuchilladas de quienes defienden "lo suyo", pienso si no habría hecho diferencia alguna si, cuando empezó la cosa, hubiese podido sumar de alguna manera con los demás esas pequeñas incomodidades y lograr algo más grande, como qué se yo, un rechazo indignado ante la situación, un reclamo enérgico a quienes podían y debían hacer algo.
Hace poco decía alguien en prensa que la miseria no se instala de un día para otro, es un proceso gradual. Adelantado, añadiría yo, en pequeños pasos que individualmente no parecen ser tan trágicos. Un señor durmió anoche en la puerta de aquella tienda. Otra semanita más y esa montaña de basura ahí. Este poste no sirve, no sabemos por qué. Robaron en la esquina otra vez, el negocio cerró. El caso es que un buen día sales a la calle y ya vives en un sitio depauperado. Miserable.

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2 comentarios:

  1. Inos. Says:

    Qué te puedo decir, Qx... sigue siendo un texto de rabiosa actualidad, vergonzosamente...

    Salu2.

  2. AquaJcho Says:

    Qx disculpa que no había pasado por aca, la verdad he estado con miles de vainas en la cabeza.

    Totalmente de acuerdo contigo. En especial cuando nos tocó vivir una etapa del país donde había mucho dinero en la calle y donde se pudo haber hecho mucho más que gastarlo en tonterias. Si se hubieran tomado previsiones para el futuro, quizá no estariamos tan mal. Ahora son los malabaristas en los semáforos. Las mismas aceras del Unicentro se estan llenando de buhoneros y casi no se puede caminar. Poco a poco, ese olor a orine, suciedad y miseria se va adueñando de todos los espacios de la ciudad y nos va oprimiendo la tranquilidad.

    No podemos bajar los brazos, hay que hacer algo, no sé qué, pero al menos hay que gritarlo para que nos escuchen.

    Un abrazo